nota: Más ética, más desarrollo
Tomada del diario La Nación - sección Opinión -
fecha de publicación 21.02.2003
Más
ética, más desarrollo
Por Bernardo Kliksberg
Para LA NACION
WASHINGTON
- Noruega es uno de los líderes mundiales en transparencia: allí
la corrupción es casi inexistente. Sin embargo, la legislación
anticorrupción es reducida. La causa se halla en los valores sociales
predominantes. Un corrupto sería duramente excluido, por su familia,
los vecinos, los círculos sociales. Finlandia tiene la tasa de
presos más baja de Europa y, al mismo tiempo, el menor número
de policías per cápita del continente. La prevención
de la criminalidad se halla en la cultura de valores, en el acceso a oportunidades
y en el sistema de "prisiones abiertas", que efectivamente rehabilita.
Suecia casi ha erradicado la discriminación de género. Una
opinión pública que considera la igualdad de género
un punto de principio presiona continuamente por más avances. Canadá
tiene uno de los sistemas de salud de mejor calidad del planeta y totalmente
inclusivo. La población no aceptaría nada distinto: considera
el acceso a una salud de buena calidad un derecho intocable, que debe
ser priorizado siempre. Holanda, como los países nórdicos,
el Canadá y otros países líderes en lo económico-social,
tiene altos niveles de equidad en la distribución del ingreso y
acceso universal a educación y salud. En las culturas de todos
estos países predomina una actitud de rechazo a las grandes desigualdades
y de apoyo a la equidad y a la igualdad de oportunidades.
El continente más desigual
En la raíz de su éxito está el capital social, nuevo
hallazgo de las ciencias del desarrollo. Detectado en los estudios pioneros
de Putnam (Harvard), abarca por lo menos cuatro dimensiones: los valores
éticos dominantes en una sociedad, su capacidad de asociatividad,
el grado de confianza entre sus miembros y la conciencia cívica.
Los resultados de las mediciones econométricas son concluyentes.
Cuanto más capital social, más crecimiento económico
a largo plazo, menor criminalidad, más salud pública, más
gobernabilidad democrática. La noción no pretende suplantar
al peso en el desarrollo de los factores macroeconómicos, sino
que llama la atención sobre que deben sumarse a ellos estas dimensiones.
El mero reduccionismo economicista es una visión estrecha y lleva
a políticas ineficientes.
El Premio Nobel de Economía Amartya Sen subraya: "Los valores
eticos de los empresarios y los profesionales de un país (y otros
actores sociales clave) son parte de sus recursos productivos". Si
son a favor de la inversión, la honestidad, el progreso tecnológico,
la inclusión social, serán verdaderos activos; si, en cambio,
predominan la ganancia rápida y fácil, la corrupción,
la falta de escrúpulos, bloquearán el avance. La idea ha
sido acogida hoy por los principales organismos internacionales. El Banco
Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y las Naciones Unidas,
entre otros, han creado áreas dedicadas a impulsar el capital social.
En una América Latina y una Argentina con un enorme potencial pero
agobiadas por gravísimos problemas sociales, debería prestarse
mucha atención a estos factores. La Unicef dice que mueren anualmente
en la región 500.000 niños por causas previsibles, y más
de 95 millones son pobres. En la Argentina, casi el 75 por ciento de los
niños se halla por debajo de la línea de la pobreza, y el
46 por ciento de los jóvenes de la Capital Federal y el conurbano
están desocupados. Entre las causas de que países potencialmente
tan ricos tengan tanta pobreza, se coincide hoy en destacar los déficit
éticos y el hecho de que éste es el continente más
desigual de todo el planeta, y que ello es regresivo para el progreso
económico y social.
El capital social puede ayudar. Se expresa en formas muy concretas que
es necesario fortalecer y que pueden desempeñar un papel muy importante.
Una de ellas es el voluntariado. En la Argentina, sin la acción
de organizaciones ejemplares como Cáritas, la Amia, la Red Solidaria
y muchas otras, la pobreza sería aún peor. El ejemplo reciente
de cartoneros juntando y entregando 900 kilos de alimentos a niños
tucumanos más pobres aún que ellos indica el potencial inmenso
de la solidaridad que encarnan los voluntarios.
Otra materialización del capital social es la responsabilidad social
empresarial. En Estados Unidos es creciente la presión pública
en ese sentido y ha surgido el intento de crear, junto a los indicadores
de calidad usuales, un ISO de calidad social que permita a los inversores
elegir empresas que la practiquen. En Francia, los fondos éticos
se difunden crecientemente y la Asociación Cristiana tica
e Inversiones pide invertir en empresas que se destaquen en valores como
los derechos humanos, el respeto y desarrollo de la persona, e inversiones
constructivas en países en desarrollo. En la Argentina hay un gran
reclamo latente en esta dirección. Una reciente encuesta (mencionada
por Tercer Sector ) detectó que el 86,5 por ciento de los consumidores
dicen que la responsabilidad social pesa al definir sus compras; el 52,6
por ciento está dispuesto a pagar más por el precio de productos
de empresas socialmente responsables, y el 77 por ciento, a dejar de comprar
las mercaderías de las irresponsables.
Círculos virtuosos
Otras expresiones del capital social son el aumento de la participación
ciudadana, y el fortalecer, como lo sugiere un reciente estudio del Banco
Mundial ( Voces de los pobres ), las organizaciones de los pobres, abriéndoles
oportunidades productivas y ayudándolas a capacitarse.
Una combinación entre políticas públicas transparentes,
libres de toda corrupción, con gerencia de primera calidad, que
garanticen a toda la población, como corresponde en una sociedad
democrática, sus derechos a la alimentación, la salud, la
educación y el trabajo, y un capital social movilizado a pleno
que las complemente pueden desencadenar círculos virtuosos en el
país y la región.
¿Puede hacerse? Los escépticos suelen afirmar que el contrato
social está deshecho en nuestras sociedades. Sin embargo, cuando
se observa la imponente explosión de conductas solidarias en la
Argentina de hoy, y el reclamo generalizado por referentes éticos
y valores éticos, puede afirmarse que lo más importante
-el respeto en las bases de la sociedad del mandato bíblico de
que somos responsables los unos por los otros y de que la indiferencia
frente al sufrimiento ajeno es indigna- está a salvo. Desarrollándolo
es posible avanzar en construir otra calidad de sociedad.
El autor dirige la Iniciativa Interamericana
de Capital Social, Etica y Desarrollo del BID. Sus últimas obras
son Hacia una economía con rostro humano (Fondo de Cultura Económica)
y Etica y economía. La relación marginada (El Ateneo).
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