Los guardianes de la tradición:
el problema de la «autenticidad» en la recopilación de cantos populares
Luis Díaz
G. Viana
Departamento de Antropología de España y América
C.S.I.C. Madrid
RESUMEN
Este trabajo aborda el problema de la «autenticidad»
en el proceso de recopilación de los cantos populares. La tesis
principal es que son los propios recopiladores quienes, de acuerdo
con un canon construido culturalmente a partir del romanticismo,
deciden qué es lo popular o no, convirtiéndose así en garantes o
guardianes de lo «auténtico» y de la «tradición». El texto elegido
para mostrar la importancia de ese canon en el papel desempeñado
por los recopiladores de folklore en España procede de un trabajo
–pionero entre las encuestas de campo sobre el romancero– que fue
publicado en 1885 por Juan Menéndez Pidal. Del análisis del mismo
se deduce que la concepción de la «tradición» y lo «tradicional»,
a la que aún hoy tanto suelen invocar los folkloristas, es una invención
–históricamente bastante reciente– de fuertes implicaciones ideológicas
y transcendentes repercusiones sociales y políticas.
Lo popular y su canon: un texto paradigmático
¡Y qué tiene de raro
que un pueblo como éste, apegado a las rancias costumbres y exento
al influjo de las corrientes nuevas, como si las oleadas de la moderna
civilización y los torrentes invasores de extraños pueblos fueran
detenidos y se estrellaran contra los muros de granito allí levantados
por la naturaleza, qué raro es, digo, que conserve ese pueblo en su
memoria muchos de los viejos cantos, ecos lejanos de otras eras, cual
si el verbo de la Media Edad, surgiendo en las ruinas de conventos,
burguesías y castillos, aún gimiera en los siglos protestando contra
la extinción del espíritu nacional y las virtudes caballerescas! (...).
Yo sorprendí los viejos
cantos del cisne popular ya moribundo; y cábeme la honra, aunque inmerecida,
de perpetuarlos, presentando en público este ramillete de silvestres
flores crecidas en el olvido de apartados lugares y brotadas, sin
cultivo y espontáneas, en tierra vigorosa y fértil (...).
Y deben fiar sin escrúpulo
en la «autenticidad» de esta colección; que al convertir en escrita
la tradición oral, tuve muy en cuenta la necesidad de que los romances
aquí publicados fueran irreprochables documentos de estudio, presentándolos,
por tanto, íntegros y descarnados, ni más ni menos que como el vulgo
los conserva (...).
En sus formas rudas
e imperfectas va envuelta siempre lo que podemos llamar «alma del
pueblo» (Menéndez Pidal, 1986: IX-XII).
Desde
que Juan Menéndez Pidal publicara, en 1885, la colección de poesía
popular a cuyo prólogo pertenecen estos reveladores párrafos, se han
sucedido, de forma ininterrumpida y en una cantidad casi incontable,
las recopilaciones de cantos populares de todo tipo en nuestro país.
No era
ésta de Juan Menéndez Pidal la primera ni la más abundante recolección
de tal clase que aquí se efectuaba: dejando a un lado, como precedente
más que temprano, los Cancioneros de romances del siglo XVI, bastaría
con volver los ojos al Romancero general de Agustín Durán, editado
entre 1828 y 1832, para encontrar ya una obra anterior –verdaderamente
monumental– de gran riqueza y transcendencia (Durán, 1945).
Si he
escogido para empezar mi exposición este texto del hermano mayor de
Ramón Menéndez Pidal es porque en el mismo aparecen formulados, con
más claridad y contundencia que en las introducciones teóricas de
otras muchas recopilaciones semejantes, algunos de los principios
que habrían de inspirar –habitualmente– hasta hoy la realización de
esos trabajos: por ejemplo, la idea de que los cantos populares son
expresión «espontánea» y natural del «alma del pueblo» y que, al fijar
por escrito la tradición oral de aquél, hay que hacerlo con la «autenticidad»
que tales materiales exigen o merecen, con un mínimo de correcciones
o añadidos.
Al referirse
a los valores que justifican su interés por los cantos allí recogidos,
el autor declara, de manera explícita, su intención «propagandística»
de reivindicar la excelencia estética de lo popular; y es por ello
por lo que dice ofrecer el resultado de su recopilación con escasos
retoques. No sólo para que los romances por él transcritos puedan
servir de «documentos de estudio» a otros, sino –precisamente– porque
la propia calidad de los mismos no precisa mayor acicalamiento y aliño:
(...) y aunque uno
de mis propósitos es también hacer propaganda en pro de la belleza
de sus formas literarias, como creo inútil añadir pulimentos y adornos
a lo que, si bien entre imperfecciones, los ostenta con arrogancia,
he prescindido de preocupaciones originadas por el refinamiento del
gusto literario (Menéndez Pidal, 1986: XIII).
Se afana,
de otra parte, el recopilador de los romances asturianos en defender
–igualmente– el valor moral del contenido de estos cantos, lo que
tampoco debería de sorprendernos, pues todavía quienes ahora
proponen la recuperación y enseñanza de la cultura que llaman tradicional
–dentro de las escuelas– siguen invocando esa posible dimensión ejemplar
o ética:
La moralidad y la
perversión más se revelan en la forma que no en el fondo de las acciones;
porque en aquélla es donde se transparentan la malicia y la intención,
manifestaciones de la voluntad necesarias para que un acto pueda ser
imputable.
En los romances a que
hago referencia no se vé sino la rústica franqueza de los pueblos
patriarcales y la sencillez de los relatos bíblicos (Menéndez Pidal,
1986: XIV).
La vida
rural se contrapone en varios párrafos del autor, como modelo mucho
más deseable, al ajetreo, artificiosidad y agobios de la existencia
en la urbe. Se trata de un tópico folklorístico de gran repercusión
que tampoco dejará de repetirse durante más de un siglo en gran parte
de las obras dedicadas al coleccionismo de lo popular:
La atmósfera de la
industria, el humo de las fábricas y el ambiente tibio y perfumado
de los salones me ahogan.
En las alineadas calles
de las poblaciones y en sus artificiales paseos, donde la concurrencia
numerosa se vuelve monótona y automáticamente en una misma dirección,
señalada por esa ley ridícula de las «conveniencias sociales», padezco
la melancólica nostalgia del desterrado. Para mi vida necesito aspirar
los agrestes aires de la montaña y ese ambiente de libertad y honrada
sencillez en que vive el campesino (Menéndez Pidal, 1986: III).
No podía
faltar, por último, en nuestro autor, la alusión a la necesidad de
salvar urgentemente un saber popular al que se suponía en trance de
total desaparición. Esa voz de alarma de los folkloristas decimonónicos
sonará repetidamente en toda Europa por mucho tiempo. Y es que se
pensaba que, con la pérdida de determinados cantos de carácter baladístico,
desaparecían –también– los últimos vestigios de una historia que no
podría ya ser reconstruida cabalmente:
Entonces nació en
mí la idea de escribir y publicar dos obras en que aún no se habían
ocupado los escritores provinciales y que juzgué de necesidad urgente,
ya por estar próximos a desaparecer en el olvido los elementos indispensables
a su formación, ya porque tales investigaciones habían de esclarecer
puntos harto oscuros en la historia particular del Principado (Menéndez
Pidal, 1986: VIII).
La urgente
llamada a la recogida de materiales populares, que realiza en estas
palabras Juan Menéndez Pidal –y de la cual su propia obra se nos ofrece
como ejemplo–, encontraba aparente justificación en el panorama de
transformaciones que se estaban produciendo en la vida campesina de
su época y que él no duda en describir con los tonos más catastrofistas:
El dialecto bable
entra en descomposición lastimosa; las originales usanzas y los pintorescos
trajes parecen ya ridículos a los mismos provincianos; la alemana
polka y la habanera disputan sus derechos a la danza prima y a la
giraldilla; la tropical petenera popularízase en todas las regiones
y, cual débil flor tansplantada, languidece bajo el sombrío cielo
del Norte en labios del hijo de Asturias o Galicia; e insulsas cantinelas
y picarescas tonadillas, sustituyen poco a poco a los tradicionales
romances cantados en tono grave y melancólico. Cinco lustros más y
estarán olvidados por completo (Menéndez Pidal, 1986: XI).
Paradójicamente,
muchos aficionados a la tradición, que persiguen revitalizar el folklore
hoy en día, no hacen tales distingos y proponen la conservación de
esas habaneras y demás géneros hace un siglo tenidos como espurios:
lo que para Juan Menéndez Pidal era una moda foránea que amenazaba
a las tradiciones propias es, en la actualidad, para ellos auténtica
tradición local.
El prólogo
e introducción que Juan Menéndez Pidal escribe para su colección
resultan, en todo caso, paradigmáticos por el completo compendio de
conceptos-clave sobre los que el autor va construyendo el canon de
lo popular: «autenticidad», «sencillez», «espontaneidad», «antigüedad»,
«ejemplaridad estética y moral», «tradición oral», capacidad –en suma–
de expresar el «alma de un pueblo» o «espíritu nacional».
No son,
por supuesto, ideas originales. Fueron de uso habitual dentro de la
corriente romántica que promueve el interés por las tradiciones populares
de los distintos pueblos y naciones. Para que nada podamos echar de
menos en este acabado muestrario de elementos tomados del romanticismo,
surge en las páginas de Juan Menéndez Pidal una invocación que es
casi un sello de semejante conjunto: la invocación del «misterio».
Y dice:
Atraído por las narraciones
y el «misterio», penetré en las grutas escondidas (...) templé mi
frío en el amplio hogar del labrador y oí a éste referir seculares
narraciones y suspersticiosas creencias (...).
Tosca y desmañada
(la poesía popular) comúnmente en sus atavíos, tiene un encanto «misterioso»
en su misma «sencillez» y «espontánea frescura» inimitables, porque
atesora su rústica envoltura la verdadera inspiración (Menéndez Pidal,
1986: VI-VII y 3).
Romanticismo
y más romanticismo. Pero ¿de qué clase? A esta pregunta intentaré
responder después. Lo que importa señalar es que el canon propuesto
desde entonces apunta no a todo lo que puede estar comprendido en
ese cajón de sastre de lo popular, sino a lo que, de acuerdo con los
criterios ya expuestos, merecería tal nombre. Semejante canon no pretende
tanto comprender o explicar el fenómeno (aunque también contribuyera
a ello) como seleccionar lo que dentro de él parece válido o valioso;
lo que por supuestamente «auténtico» merece ese sello de lo «popular»
o de lo «tradicional» que sólo pueden darle los recopiladores de «reliquias
vivas», los garantes de las tradiciones, los autentificadores del
«verdadero pueblo».
Guardando la tradición: Juan Ramón
Menéndez Pidal entre los recopiladores y estudiosos de lo popular
El folklore ha servido,
por largo tiempo, como vehículo en la búsqueda de lo auténtico, satisfaciendo
el anhelo de escapar de la modernidad. La comunidad folk, contemplada
como pura y libre de los males de la civilización, fue una metáfora
para todo aquello que no era moderno (..) identificar algunas expresiones
culturales u objetos como auténticos, genuinos, fidedignos, legítimos,
implica que otras manifestaciones son fraudulentas, espurias e incluso
ilegítimas (...). El reclamo de autenticidad implicó una postura crítica
contra el estilo de vida urbano, artificio en el lenguaje, comportamiento,
arte, y contra los excesos aristocráticos; tal llamada prometía la
restauración de una pura y no afectada manera de ser (...). Rousseau,
Herder, y sus contemporáneos asignarían tal pureza y autenticidad
al modo de vida rural y pastoril de sus propios países (Bendix, 1997:
9-16).
A pesar
de su aparente modestia, la misma colección de romances asturianos
de Juan Menéndez Pidal ocupa una posición angular, pues –como el propio
autor ya declarara– pretende proseguir la incipiente labor de sondeos
que sobre la tradición oral asturiana habían realizado, con anterioridad,
personajes a los que el autor ensalza sinceramente, como Agustín Durán
o Amador de los Ríos (Menéndez Pidal, 1986: XI-XII). Además, Juan
Menéndez Pidal intensifica, si bien no inaugura del todo, la recogida
directa de versiones orales contemporáneas, de modo que se arriesga
a decir de los textos incluidos en su obra que a aquellos que «no
son por completo ‘originales’ puede aplicárseles este calificativo,
si se tiene en cuenta que son variantes más antiguas, unas, y, otras,
más cabales y de mayor importancia» (Menéndez Pidal, 1986:XI).
Este aspecto
de su quehacer como folklorista no ha sido demasiado reconocido; ni
tampoco el hecho de que su Introducción o Parte Teórica dé muestras
de una información abundante y puesta al día sobre lo que, hasta aquella
fecha, se había publicado en torno al romancero. Cita, así, Juan Menéndez
Pidal los trabajos al respecto de Jacobo Grimm (1831), Depping (1844),
Wolf y Hofmann (1856), Milá y Fontanals (1874) o Joaquín Costa –tan
sólo editado 4 años antes que el suyo–, entre otros, comentando o
rebatiendo, en algún caso, las opiniones de todos estos estudiosos.
La obra
de Juan Menéndez Pidal pasó aparentemente desapercibida para autores
relevantes de su tiempo que, como Unamuno, habían demostrado especial
interés por la cultura popular. Ha escrito Jon Juaristi que Unamuno:
No prestó atención
alguna a lo que, sin duda, constituyó el acontecimiento más importante
en la historia de la demótica española del siglo XIX: el descubrimiento
del romancero de tradición oral moderna por Juan Menéndez Pidal (et
pour cause: Clarín, su autor más admirado, había hecho a aquél objeto
de feroces ataques), pero ignoró asimismo los trabajos sobre el mismo
tema, si bien de ambición considerablemente mayor, que el menor de
los Menéndez Pidal, Ramón, fue dando a la luz desde los primeros años
de nuestro siglo (Juaristi, 1996: 32).
Quizá
esto se debiera no sólo a la animadversión –más que literaria personal–
que un crítico de la talla de Clarín manifestaba hacia el folklorista
y escritor asturiano, sino también a que la mitificación de lo popular
y de la tradición que el mayor de los Pidal proponía era un viaje
del que el pensador Unamuno se sentía –por entonces– de escéptico
regreso. El propio Juaristi ha señalado en otro lugar las causas y
los pasos de ese progresivo desencanto de Unamuno respecto a la tradición
legendaria y sus utilizaciones nacionalistas (Juaristi, 1987: 220-268).
Juan Menéndez
Pidal, de otro lado, no es en absoluto ajeno al eco y repercusión
que su recopilación puede tener en cuanto a ejemplo que, validando
la opción estética de recuperar e imitar lo popular, anime a otros
muchos a proseguir por ese camino. Dice, en este sentido, a propósito
de los cantos populares por él recogidos:
Dándolos hoy a la
luz pública, propóngome no sólo arrancar al olvido documentos tan
preciosos para la historia literaria, sino así bien contribuir con
mis escasas fuerzas a despertar aficiones hacia la poesía popular,
que encierra en formas rudas y triviales inextinguibles veneros de
inspiración, ajena siempre a retóricos y amanerados pulimentos (Menéndez
Pidal, 1986: XII).
Parece
que, en efecto, la incursión de Juan Menéndez Pidal en el romancero
oral asturiano no cayó en baldío. Como ya ha señalado Jesús Antonio
Cid, «desde el mismo año de 1885 fue reuniendo nuevas versiones, recogidas
por él o remitidas por sus antiguos colaboradores y por otros que
se sintieron estimulados por la lectura del libro» (Cid, 1986: 9).
La recolección
de romances en Asturias experimenta un nuevo empuje cuando, a partir
de 1909, Ramón Menéndez Pidal inicia su propia tarea de recopilación
en colaboración con otros asturianos interesados en el tema como Aurelio
de Llano o Eduardo M. Torner.
Para Cid,
comienza entonces «una nueva etapa», en la cual los colaboradores
de Ramón «no serán los mismos con que contó Juan Menéndez Pidal» (Cid,
1986: 9). No obstante, las recolecciones directas de romances asturianos
que, desde 1910, realiza el menor de los Menéndez Pidal es más bien
esporádica, quizá porque sus propósitos apuntaban ya a una recolección
global de la «tradición moderna» del romancero, para él «equiparable
a la de los textos del Romancero viejo» (Cid, 1992, Tomo XLVII: 128
y 135).
No debemos,
sin embargo, desligar del todo una etapa de otra en la recolección
de los romances de Asturias pues, por otro lado, su misma continuidad
en el tiempo viene a reforzar la tesis de que el libro de Juan, aunque
haya quedado relegado a un lugar relativamente oscuro –como obra claramente
superada dentro de la historia de recopilaciones y estudios del romancero–,
tuvo en su momento cierta relevancia y alguna influencia sobre lo
que en ese campo se haría inmediatamente después.
Otros
intereses –más científicos que estéticos, si se quiere– y métodos
también más rigurosos de recopilación vendrían a regir, bajo
la guía sabia de Ramón, fecundas encuestas posteriores como las de
Josefina Sela o Eduardo Martínez Torner (Cid, 1992, Tomo XLVII: 140-53
y 1993, Tomo XLVIII: 175-245).
Es evidente
que Ramón Menéndez Pidal revisó y vino a contradecir muchas de las
opiniones que Juan realizaba en su Introducción sobre el romancero
en general y sobre su origen en particular. En aspectos más específicos
pero no menos importantes, como puede ser el de la presencia o escasez
de lo maravilloso en la baladística de nuestro país –y, más concretamente,
en la asturiana–, tampoco los hermanos están de acuerdo: Juan
defiende –basándose en unos pocos ejemplos– la existencia de elementos
fantásticos en estas composiciones (Menéndez Pidal, 1986: 32-37) y
Ramón afirmará siempre el «realismo» predominante no sólo en la épica
y el romancero, sino en toda la literatura española (Portolés, 1986:
80-83).
También
hay que destacar las prontas diferencias de opinión que, en el terreno
ideológico, presentarán Juan y Ramón. El primero tomará parte activa
en la política de su tiempo y será en 1888 secretario regional de
la Unión Católica (Pérez Villanueva, 1991: 26-27), mientras que el
segundo –que se consideraría a sí mismo como el más liberal de su
familia– ofrecerá, a lo largo de su vida, una evolución de pensamiento
mucho más compleja en este aspecto. Dice Cid:
Su matrimonio, en
1900, con María Goyri contribuyó a aproximar a Menéndez Pidal a los
hombres de la Institución Libre de Enseñanza y a distanciarlo de la
ideología política ultraconservadora que su familia (Alejandro Pidal,
especialmente, pero también el Marqués de Pidal y Juan Menéndez Pidal,
hermano mayor de Ramón) representaba desde la restauración canovista.
El liberalismo, radical en alguna etapa, y el «regeneracionismo» fueron
componentes esenciales, junto al nacionalismo, en la obra de madurez
de un Menéndez Pidal que debe ser encuadrado plenamente en la llamada
«generación del 98» (Cid, 1994: 469).
Sin embargo,
y aunque el tema no ha sido lo suficientemente tratado, no debería
descartarse alguna posible influencia inicial de Juan en Ramón –o
siquiera un intercambio mutuo– en asuntos no desdeñables como el gusto
por determinados temas, ciertas preferencias estéticas o las ideas
más generales sobre la historia, el folklore y la cultura de los pueblos
de España. No olvidemos, por ejemplo, la polémica –estética e ideológica–
que Juan Menéndez Pidal mantuvo ya con Leopoldo Alas, «Clarín», en
torno a la literatura popular (Cid, 1985: 1425-1435).
En este
sentido, quizá las concepciones previas de Ramón en torno a muchas
de las grandes preocupaciones de su vida y de su obra (literatura
popular incluida), que algo provocadoramente Portolés ha denominado
«prejuicios» (Portolés, 1986: 64-80), guarden alguna relación con
lo que se dice en ciertas páginas de su hermano mayor, el poeta y
folklorista Juan Menéndez Pidal; o, al menos, releyéndolas, se pueda
–acaso– entender un poco mejor su génesis.
La correspondencia
entre ambos que me aventuro a sugerir sería de «ideales», y «medios»
o «vías» para conseguirlos, no de objetivos científicos o maneras
de entender la ciencia. Hay una preocupación –o casi obsesión– común
que, desde luego, los Pidal comparten con miles de españoles del momento,
fueran cuales fueran sus tendencias ideológicas: el problema de la
construcción y reconstrucción de España, el verdadero sentido
de su historia, la salvaguarda de su unidad.
Escoger,
en ese propósito generacional y «regeneracionista» de desentrañar
el «ser» de la nación, un camino que habían empezado a recorrer los
románticos en otros países, como el de la exhumación de la épica y
la recuperación de la literatura popular, no era ya una estrategia
ni tan general ni tan corriente. Cierto que el propio Costa la había
ensayado en un trabajo pionero, pero pronto modificaría tal enfoque
para interesarse más por el derecho consuetudinario en sí que por
sus relaciones con la poesía popular (Costa, 1881).
Suele
aceptarse que el maestro español que más influyó en Ramón Menéndez
Pidal dentro de este campo de la epopeya y la balada popular fue Milá
y Fontanals –del que no llegó a recibir enseñanzas directas–, por
encima de Menéndez Pelayo, quien sí le tuvo como discípulo en sus
cursos de doctorado de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid.
Pero problablemente serían ambos, junto a la gigantesca figura de
Gaston Paris –fuera de España–, quienes contribuyeron en mayor medida
a la gestación de las teorías pidalianas (Portolés, 1986: 22-32).
Y, de hecho, Ramón Menéndez Pidal no escatima, sino todo lo contrario,
los elogios a Milá y Fontanals en sus obras fundamentales (Menéndez
Pidal, 1953, Tomo II: 282 y 286).
Por ello,
Ramón disiente claramente de algunas opiniones de su hermano en que
éste se aleja de lo expuesto por Milá, así en cuanto a la métrica
originaria de los romances –en tiradas de ocho o de dieciséis sílabas–
y la forma más adecuada de transcribirlos, mas no deja de matizar
otros asuntos importantes en los que tampoco coincide siempre con
éste, como el de la dependencia del romancero respecto a las crónicas:
«Esta idea de la muerte de los poemas en el siglo XII y de la aparición
de los romances en el XV, es inaceptable. Una solución de continuidad
como ésa no es fácil que se dé en el desarrollo de una poesía tradicional»
(Menéndez Pidal, 1974: 110-111).
Tradicionalismo,
evolución, «estado latente», serán algunas de las líneas maestras
del edificio que Ramón Menéndez Pidal construirá con sus investigaciones
a partir de la literatura popular. Como ha escrito José Portolés:
(...) La epopeya no
es un tema poético cualquiera, desde el Romanticismo se la considera
la manifestación por excelencia del espíritu de un pueblo. Se comprende
así que Menéndez Pidal evitara cualquier solución de continuidad en
la perviviencia de esta tradición, confundiéndose en La epopeya castellana
tradicionalismo y evolución, por un lado, y el seguimiento de un tema
poético, por otro (Portolés, 1986: 29).
De ahí
el interés de Ramón Menéndez Pidal, en efecto, por mostrar el fluir
ininterrumpido de la poesía épico-lírica española, desde que los primeros
romances, en su opinión, se desgajan de los ciclos heroicos hasta
el Romancero gitano de García Lorca; lamentará, precisamente, que
la obra de este poeta tomara más como modelo la «degenerada» producción
romanceril del XIX, con sus bandoleros y marginados, que la vena tradicional
del Romancero viejo (Menéndez Pidal, 1953, Tomo II: 438-439).
Había
escrito Juan Menéndez Pidal:
El pueblo se transforma
y nace a nueva vida; que todo le aparta de sus tradiciones, y apenas
le quedan para alimentar su afición perenne por lo sobrenatural y
lo caballeresco (...).
El desvergonzado «ciego»,
degenerado descendiente por línea recta del juglar, que llevando en
el estandarte de hule pintadas las escenas de un crimen, las canta
con voz descompuesta al unísono del desvencijado violín (Menéndez
Pidal, 1986: X).
Es, básicamente,
la misma necesidad de distinguir entre el «pueblo» como proyecto o
empresa nacional en el tiempo –al que se identificaría con los campesinos–
y la «plebe» o «el vulgo» –al que se hace corresponder con las masas
aturdidas, bulliciosas y gritonas de las ciudades– que encontraremos
ya entre los primeros inspiradores del romanticismo alemán, como Herder.
Éste había hecho notar el abismo que separaba al noble Volk, cuyas
canciones fueron inicialmente transmitidas por los «maestros cantores»,
de la gente que poblaba su propio vecindario; ese populacho que, en
las propias palabras de Herder, «nunca canta o versifica, sólo chilla
y mutila» (Bendix, 1997:39-40).
Como señalé
en un trabajo anterior (Díaz, 1997:16), Wolf y Hofmann, en la introducción
a su Primavera y Flor de romances, habían apuntado hacia esa «caída»
o «degeneración» de lo popular a propósito de la tradición romancística
española: «Quedaron, pues, las clases bajas e ínfimas de la nación
abandonadas a sí mismas (...) he aquí por qué este vulgo no pudo ya
producir cantos y romances populares, sino solamente vulgares» (Wolf
y Hofmann, 1945: 39-40).
Y en términos
no tan distintos va a expresarse el propio Ramón Menéndez Pidal cuando
se refiera a cómo el romance ha pervivido –a partir de un determinado
momento– entre los «rústicos y campesinos», a modo de poesía especialmente
ligada a ellos, y –al ocuparse de los «romances plebeyos»– afirme
que «en el siglo XIX el romancero vulgar se produce entre un pueblo
iletrado o de rastrera literatura» (Menéndez Pidal, 1953, Tomo II:
21 y 247-48).
Al fondo
de estas apreciaciones todavía resuena aquella clasificación –tan
querida por los románticos– de la evolución de la poesía oral en dos
etapas diferenciadas, la aedica y la rapsódica, tal y como había sido
percibida en el estudio de las más remotas épicas, empezando por la
de los antiguos griegos (Menéndez Pidal, 1953, Tomo II: 2).
En algunos
de los textos más esclarecedores de Ramón Menéndez Pidal, como es
aquél en que establece la distinción entre la «Poesía popular y tradicional»
(Menéndez Pidal, 1921), el ilustre investigador –que hace allí un
recuento de las aportaciones románticas al estudio de este campo–
asume aún la defensa de los valores estéticos de las creaciones de
esta clase en un «tono» y estilo que coincide bastante con los que
su hermano Juan utilizara en la obra citada. Así, había escrito éste:
Pero la poesía culta
ha mirado en todo tiempo con indiferencia y hasta con desprecio a
estas manifestaciones tan humildes como valiosas de la literatura,
calificando de pueril pasatiempo y nimio estudio el que algunos les
dedicaban en largas vigilias y constantes investigaciones (Menéndez
Pidal, 1986:3).
Ramón
también habrá de extasiarse con la belleza de los versos populares
y, por ejemplo, dirá en otro de sus trabajos –a propósito de unos
recogidos en el libro De música de Salinas– que exhalan «un hálito
de encanto salido de lo que sin rebozo podemos llamar ‘el alma del
pueblo’ (Menéndez Pidal, 1968: 161-62).
Si Juan
establecía un paralelismo entre los «altos puertos» o los picos de
las montañas que sirven como «habitación del gamo corredor» y el arcaísmo
de los cantos por él recogidos, Ramón va a referise con un lenguaje
metafórico semejante, de alusión a la naturaleza, cuando hable de
los romances que aún se cantaban en las sierras de Ávila: «Lo mismo
que perdura la prehistórica cabra hispana allí enriscada, perdura
el romancero con arcaísmo señalado» (Menéndez Pidal, 1953, Tomo II:
303).
Las analogías
naturalistas no se acaban ahí. La metáfora del árbol y la semilla
será utilizada por el primero al hablar de los dialectos y por el
segundo al hablar de la difusión de los romances. Escribe Juan:
Son los dialectos
hojas desprendidas del mismo «árbol» que brotaron en él, alimentadas
por la misma savia; y derribadas ya en el suelo, todas en algo se
asemejan; aunque entregando unas a la tierra, la «fecunda semilla»
que arrastraron tras de sí, arraigan y remanecen produciendo nuevos
idiomas; y cediendo otras a la corrupción, se van desfigurando cada
vez con accidentes distintos, y ora se arrugan, sécanse en parte y
se marchitan, hasta que llegan a desaparecer (Menéndez Pidal, 1986:
61-62)
Y asegurará
Ramón:
El Romancero, que
tiene por progenitores el espíritu épico castellano y la materia novelesca
de la balada europea, difunde las viejas ficciones castellanas como
«alada semilla» que, llevada por los vientos, arraiga sobre todo el
suelo de la Península, desde Cataluña a Portugal, y pasa por los mares
a las tierras de América española y portuguesa (Menéndez Pidal, 1966:
27).
El mismo
Juan ya había señalado, por otra parte, la posible correspondencia
entre esa ramificación de las lenguas en dialectos y las derivaciones
de la materia épica: «Algo de lo que pasó con el dialecto, sucedió
asimismo a los cantos históricos y gestas de los héroes» (Menéndez
Pidal, 1986: 62).
La referencia
al mundo natural y la recurrencia en establecer semejanzas entre aquél
y el mundo de la cultura no es casual. Desde el romanticismo se había
tendido a ver lo cultural como universo no acabado, como algo orgánico
en continua transformación y cambio: el árbol será, de hecho, una
de las metáforas preferidas para expresar esta concepción (Alborg,
1980:17). Finalmente, Juan Menéndez Pidal, figura en algún modo oscurecida
a lo largo de los años por la gigantesca sombra de su hermano Ramón
–que eclipsará a todos los de su saga–, pero de cierta relevancia
política e intelectual en su tiempo, ingresa en la Real Academia Española
el día 24 de enero de 1915. Para tal ocasión, será respondido (en
el discurso de recepción pública) por un «padrino» ilustre, el también
folklorista Francisco Rodríguez Marín. Y éste va a referirse a la
labor de Juan, que en aquella ocasión no presentaría un trabajo de
folklore sino sobre Luis Zapata, «un escritor cortesano del siglo
XVI», en un tipo de discurso –ya familiar para nosotros– donde igualmente
compara la vida natural con la de la cultura: «Bien mirado ¿no es
de tanto o más interés científico el estudio de las abejas que el
de los leones? Porque es lo cierto que en la vida social, política
y literaria, como en la natural, no hay hechos insignificantes» (Rodríguez
Marín, 1915: 97).
La reivindicación
de lo pequeño, de lo local, de lo aparentemente marginal, venía también
de la revisión romántica en torno al valor o la importancia de las
manifestaciones culturales; no sólo se revoluciona el orden estricto
de los géneros en literatura, sino que igualmente se altera en la
plástica la utilización de formatos convencionales y se va abandonando
el modelo de equilibrio en las proporciones que había caracterizado
a la escultura y pintura dieciochescas.
El problema
que se plantea, sin embargo, no es tanto de escalas o de tamaños,
como de puntos de vista, de cambio de perspectiva respecto a lo que
debería ser «grande» o valioso y lo que no. Las pequeñas identidades,
por ejemplo, adquieren renovada importancia, una dimensión casi inédita.
Lo «nacional» preocupa de forma inusitada y, de hecho, el mapa de
Europa se destruye y reconstruye en sucesivas avalanchas. Como ya
ha consignado Regina Bendix:
El nacionalismo europeo
fue parte del intento de sacudirse el gobierno de la monarquía y establecer
instituciones democráticas; (no obstante) la insistencia en la pureza
nacional o autenticidad inherente a la idea de una única nación (...)
llega a socavar, finalmente, las tendencias liberadoras y humanitarias
de las que esta noción de autenticidad había surgido (Bendix, 1997:
8).
De otro
lado, la misma querencia de sesgo romántico por lo diminuto e insignificante,
por el detalle, ocasionalmente también podía resolverse en el campo
científico –y, más en concreto, en el filológico– por un refinamiento
metodológico conducente a la minuciosisdad positivista. Algo de ello
vamos a encontrar en los estudios –verdaderamente destacables, si
les comparamos con los de otros países europeos– que se realizarán
en España sobre la poesía popular: planteamientos románticos o, mejor,
de un tardío romanticismo de finales de siglo, y una metodología positivista;
«un desacuerdo entre ‘fines’ y ‘medios’ (Portolés, 1986: 23-24 y 65),
pero –quizá– una contradicción o paradoja tan sólo aparentes.
Volviendo
al tema de la preocupación por lo nacional, puede decirse que uno
y otro –Juan y Ramón Menéndez Pidal– compartían plenamente, además,
la idea de que la poesía popular española sobresale entre todas por
su carácter nacional, en virtud de una especial historia. Algo que
había sido, también, apuntado por Durán cuando hablaba de que «la
lengua castellana y la poesía del pueblo empezaron a progresar» entre
«los españoles independientes refugiados en las Asturias» (Durán,
1945: I, LIII). Como ya he señalado en otro trabajo (Díaz, 1998: 196-97),
Durán acometería su ingente labor de compilador y editor del romancero
desde el convencimiento de realizar una «empresa nacional, pues –para
él– la literatura popular constituía un campo privilegiado desde el
que indagar sobre la supuesta «alma de la nación» (Díaz, 1998: 196-97).
Dice,
en una línea muy semejante, Juan Menéndez Pidal:
Circunstancias especiales
hicieron que en España, más que en ninguna otra nación, se afirmaran
y tomaran cuerpo los tres grandes ideales enunciados. Aludimos a la
empresa de la Reconquista. Los héroes de ella peleaban por su Dios,
por su Patria y por su hogar (Menéndez Pidal, 1986: 25).
Y confirmará
Ramón:
He aquí como el tradicionalismo,
que caracteriza tantas manifestaciones de la vida española (...),
se revela eminentemente en esta prodigiosa y fecunda continuidad de
los temas históricos, más notable, con mucho, que la manifestada en
la literatura griega, continuidad que da a la literatura española
ese hondo «espíritu nacional» que Federico Schlegel exaltaba como
primero en el mundo (Ménéndez Pidal, 1969: 15).
Pero si,
para Ramón, la patria era sobre todo la lengua y la historia –y el
folklore como auxiliar suyo, lo que es también una visión tan noventayochista
como romántica–, para Juan, más allá de todo eso, la patria había
sido paraíso perdido y utopía: «Mi Patria es ese mundo que muchos
creen ilusorio, (...) donde moran esos seres de luz y esos fantasmas
con quienes conversó en dulces coloquios mi espíritu durante los felices
años de la niñez» (Menéndez Pidal, 1986: IV).
La nociones
de «corrupción», de «degeneración», de lo «falso» o «inauténtico»,
de lo «artificioso», como contrapunto a las ideas de lo «verdadero»,
de lo «auténtico, de la «pureza» y «naturalidad», serán referentes
indispensables en la mayoría de las aproximaciones que los estudiosos
hagan a la cultura tenida por popular, tanto en España como fuera
de ella.
Ramón
Menéndez Pidal explicará, así, que «las versiones elaboradas tradicionalmente
entre las clases cultas en el siglo de oro son el ‘verdadero romancero’
que todos conocemos» (Menéndez Pidal, 1969: 31-32). Pero ¿cuál es
la raya que separa lo «verdadero» de lo «falso» en unas creaciones
a las que se reclama –precisamente– como «populares», es decir, de
acceso abierto a un pueblo que, en rigor, podríamos ser cualquiera?
El pueblo ¿somos o no somos «nosotros»? (Dundes, 1977: 19-20). Y,
más exactamente, ¿quiénes trazan esa invisible línea y por qué? ¿Quiénes,
por qué y para qué se han convertido en los jueces capaces de dictaminar
sobre lo «auténtico», en los centinelas infalibles de la «autenticidad»
de lo popular?
La invención romántica de lo popular:
una incursión por las razones de la autenticidad
Es mucho lo que se
sigue de la idea de lo «arbitrario» y lo «no racional». Ser un romántico
es ser antinormativo. Es ser suspicaz respecto a la idea de progreso
(...) La afirmación romántica anti-normativa establece que no hay
estándares dignos de respeto universal (...). Todo el pensamiento
romántico consiste en defender la co-igualdad de marcos de comprensión
fundamentalmente diferentes (...). Creencias compartidas que son falsas.
Prácticas institucionalizadas que son irracionales. ¿Qué nos dicen
sobre la mente del hombre? Dentro de la antropología moderna, la antropología
de los últimos cien años, la antigua pugna ha continuado: un punto
iluminista, un contrapunto romántico (Shweder, 1991: 99-100).
En el
texto –que ampliamente he transcrito– de J. Menéndez Pidal pudimos
leer varias alusiones críticas hacia el progreso. Cabe pensar que
ello encaja perfectamente en el «discurso romántico» del autor sobre
lo popular y, en consecuencia, identificar –como tantas veces se ha
hecho– al romanticismo con la reacción frente al progreso e ideologías
conservadoras. Pero tal identificación cae en la simplificación y
el reduccionismo, si tenemos en cuenta que hubo muchas maneras de
ser romántico –según etapas y lugares– y que las actitudes del romanticismo
hacia lo popular tampoco fueron unidireccionales ni unívocas (Peers,
1967).
Más bien
parece que la disyuntiva entre tradición y progreso viene a cobrar
especial importancia a partir de los románticos, sumándose a otras
dicotomías sobre las que habrá de centrarse el debate en torno a la
cultura, el arte y la historia del desarrollo humano. La percepción
de que los cambios ocasionados por el progreso han transformado o
–incluso– están haciendo desaparecer algo que, quizá, era un bien
común, produce que se empiece a tomar consciencia, por parte de algunas
élites, del posible valor de todo aquello que se veía como amenazado.
Valor que hasta entonces no era contemplado como tal o pasaba casi
desapercibido para la mayoría. Había que salvar lo bello, lo bueno
y lo auténtico de ese edificio supuestamente en ruinas.
Sin embargo,
la impresión alarmante de que las culturas –o las tradiciones culturales
que se relacionan e interconectan dentro de ellas– llegarían a desaparecer
es una «impresión de época». Las culturas no son materia «orgánica»
que, como los árboles, puedan morir y desaparecer por completo. Salvo
en casos excepcionales y difíciles de imaginar, las culturas no mueren.
Y las culturas no son verdaderas o falsas. Lo híbrido –y no la pureza–
es lo habitual en ellas, de manera que estudiar la cultura es estudiar,
básicamente, el mundo de lo inauténtico (Bendix, 1997: 9 y 13).
El contexto
de incesantes cambios que –en lo social, en lo político y en lo económico–
se produce en el pasado siglo, con sus revoluciones, restauraciones
y movilidad de las fronteras, puede ayudar a comprender ese nuevo
interés por las tradiciones –que son vistas como piezas acosadas en
peligro de extinción–, pero no explica el fenómeno por completo. Las
agitaciones de esa clase no resultan, como es obvio, exclusivas del
XIX, aunque en algún momento parecieran intensificarse especialmente
durante este periodo. De la misma manera que el estado más generalizado
en las culturas –de Occidente, al menos– es lo híbrido, puede afirmarse
también que la situación que más ha caracterizado la historia de las
sociedades de los países europeos en los últimos siglos es la crisis.
Si en
el siglo XIX tiene lugar, con el surgimiento de lo romántico, el «descubrimiento
del pueblo» (Burke, 1981: 28-29) que –caso de existir como tal– siempre
habría estado ahí, y la invención (o reinvención) de las tradiciones
(Hobsbawm, 1989: 13-14), no es sólo por las transformaciones políticas
y socio-económicas que ya conocemos: las consecuencias de la industrialización,
el éxodo masivo del campo a las ciudades, la emergencia de los nacionalismos,
o la construcción –y reconstrucción– de identidades, en cuyo proceso
el folklore habrá de jugar un papel determinante desde la época romántica
hasta el presente (Bendix, 1997: 7).
Si en
el siglo XIX unos pocos escritores y estudiosos vuelven sus ojos al
pueblo y se erigen en descubridores, vigías y garantes de las tradiciones,
no es sólo por todo esto. ¿Por qué precisamente ahora aparece lo popular
como materia o expresión valiosa? Probablemente porque con la llegada
del romanticismo va a producirse un cambio no menos importante: el
nacimiento de otra sensibilidad, otra percepción de lo estético que
traerá consigo una convulsión en las concepciones sobre los bienes
históricos y culturales vigentes hasta entonces, e –incluso– sobre
las mismas ideas de historia, de cultura y de arte.
La introducción
de un concepto como el de «cultura popular» en el campo de las apreciaciones
de la creación humana vendrá a remover profundamente –y hasta a subvertir
en algunos casos– los parámetros con que se pretendía medir el valor
de lo cultural. Cambian los parámetros, cambian las normas –o se proclama
su abolición–; cambian los cánones de lo bueno y lo bello.
El propio
concepto de patrimonio cultural debe mucho, desde luego, a la Revolución
Francesa (Pomian, 1996: 85-95) y a la idea de que ese patrimonio es
algo que pertenece a toda la nación, pero se consolida más claramente
con el romanticismo:
Los fenómenos formalmente
asimilables que encontramos en otros períodos de la historia
(colecciones reales, gabinetes de curiosidades) o en otras culturas,
son radicalmente distintos en sus respectivos procesos de constitución
(...). Los criterios de fijación extracultural fijados por el romanticismo
son muy característicos de este movimiento, a la vez que participan
de un principio de universalidad. Se trata de la «naturaleza», la
«historia» y la «genialidad» hija de la inspiración creativa (Prats,
1998: 64).
Lo crucial
del cambio no está tanto en que los románticos «descubran» al pueblo,
ni siquiera en que lo popular pueda ser para ellos la expresión cultural
más próxima a la naturaleza. Lo fundamental es que con ese descubrimiento
de otras formas de crear y transmitir el saber o la belleza introducen
un valor –o valores– prácticamente inéditos en las maneras de apreciar
la cultura.
Puede
suponerse, pues, que las referencias que sobre el romanticismo aquí
se han hecho o harán no implican nada necesariamente peyorativo. A
menudo parece que la utilización del adjetivo «romántico» comporta
elementos negativos o sirve para tachar a lo así calificado de obsoleto
y poco fiable.
Creo,
por el contrario, que bajo la influencia del romanticismo se plantean
–si no por primera vez, sí con mayor consciencia– los que luego serán
principales debates de nuestro siglo. Y es a partir de él que adquieren
toda su transcendencia las dicotomías –que habrán de resultar tan
fecundas como tendenciosas y manipulables– de tradición/progreso,
rural/urbano, universal/local, culto/popular, nostalgia/utopía, pasado/futuro.
Debates y conceptos en contradicción de los que todavía no nos hemos
liberado y que menos, aún, hemos resuelto. Son las palabras que sirven
de orientación, pero también de límites, al laberinto en que nos encontramos.
Se mira
al pueblo. Y se empieza a constatar, desde muy pronto, según ya señalé,
que no todo lo que procede del pueblo merecería ser recogido, estudiado
y valorado como «popular», de acuerdo con el canon que de lo «popular»
se está construyendo. No todo el pueblo parece valer como pueblo.
Se mirará preferentemente a los campesinos, entonces, no sólo porque
ésa era todavía la población «popular» más abundante en Europa, sino
–quizá– porque eran ellos quienes mejor podían ser identificados con
remotas y perpetuas esencias de la nación. Ese pueblo, menos apabullante,
presente y molesto que la masa urbana, habría de convertirse en pretexto
privilegiado para construir a un «otro» distante, pero no del todo
lejano, una especie de antepasado todavía vivo y «natural».
Un pueblo
al que se relaciona también con el pasado medieval, tan atrayente
para el romanticismo. Dirá J. Menéndez Pidal, por ejemplo, que «el
que visite nuestras aldeas más apartadas creerá hallarse aún en plena
Edad Media» (Menéndez Pidal, 1986: VIII). Un pueblo, sin embargo,
que –en realidad– no existió nunca. Se trata de una utopía hacia atrás
que es propuesta como modelo para el futuro: cuando la nación era
una, cuando todos los estamentos de la sociedad vivían –supuestamente–
en armonía y en pos de una empresa común.
Lo que
se cantaba por estas gentes campesinas, lo que no había sido escrito
ni anotado y aún se transmitía oralmente, tenía que ser auténtico:
«En todas las edades y en todos los países ha expresado el pueblo
las más gratas expresiones de su ánimo por medio de espontáneos cantares»
(Menéndez Pidal, 1986: 2).
Hay, pues, a lo largo del siglo XIX, una nueva estrategia ensayada
por determinadas élites en situación desfavorecida; aquellas élites
procedentes de una pequeña aristocracia rural que se ve abocada a
llevar una existencia más bien grisácea, difícil y precaria en las
ciudades; aquéllas que añorarán siempre su puesto de prevalencia en
el olvidado campo y nutrirán el batallón romántico en varios países
europeos, no únicamente en España. Parientes pobres de algún aristócrata
aún influyente, caballeros a pie, clase desclasada, alejada de su
solar natal y rebajada en sus privilegios. !Cuántos escritores y folkloristas
de la época no tuvieron ése o parecido origen!
Muchos
otros pequeños burgueses de ciudad, también añorantes de un viejo
orden, y los modestos empleados o atemorizados menestriles supervivientes
de las revoluciones perdidas se agruparán en torno a ellos. Había
que recuperar el hálito heroico del ayer, reconstruir las «patrias»
desde el principio, o, por lo menos, desde el oscuro medievo. Y ahí
estaba el pueblo todavía entonando los más viejos cantos; recordando
a antiguos héroes.
En el
renacimiento, los humanistas también se habían interesado por lo «vulgar»,
que es la palabra con que aquellos sabios denominaron a lo popular
antes de que lo «vulgar» tuviera la connotación peyorativa –de pueblo
decadente o inauténtico– que llegaría a ser de uso entre los folkloristas
románticos. Los renacentistas entendían lo «vulgar» como saber común,
de todos, y –especialmente– como vía que podía traerles directamente
(a través de la costumbre y la transmisión oral) ecos inapreciables
del mundo antiguo (Díaz, 1998: 189-91). Otro modelo de mundo también
utópico, añorable y al que igualmente se suponía en armonía y unidad
casi perfectas.
Lo que
reivindican los románticos y pretenden rescatar de las simas de lo
popular es, más bien, otra cosa, si no la contraria, aunque –como
los humanistas– crean poder recuperar, de la vieja sabiduría de las
gentes, el recuerdo de un mundo más pleno, en orden, sin aparentes
conflictos o turbulencias. Un mundo sin tiempo, vagamente anterior
a la romanización o mantenido por milagro entre esa etapa y la siguiente
(la época romana sería de «dominación» y, en todo caso, un paréntesis
en el devenir de la mayor parte de los países europeos). En el mundo
soñado de los románticos, que ellos identifican con una irreal y arcaica
paz de las aldeas, estarían refugiadas las verdaderas identidades
de los pueblos, lo que se había salvado del desastre, la medicina
para todas las crisis y desórdenes. Escribirá, todavía a finales de
siglo, Juan Menéndez Pidal:
Más desgraciadamente,
los rápidos y abundantes medios de comunicación, y la idea de cosmopolitismo
encarnada en el siglo decimonono, matan el espíritu provincial. Las
oleadas de la «civilización» y las corrientes nuevas, salvan la barrera
de montañas e inundan este rincón de la Península, borrando lentamente
con su paso las venerandas reliquias que de antaño conservaba (Menéndez
Pidal, 1986: X).
Los románticos,
en su mayoría ni «progresistas» ni «tradicionalistas» por entero,
pues progreso y tradición eran en este movimiento caras de un mismo
poliedro (Alborg, 1980: 21), desataron con el fervor por lo local
y la invención de lo popular las fuerzas de viejos demonios que ni
controlaban ni quizá pretendían controlar. El orden habría que buscarlo
a través del caos; la armonía en el pasado o en el futuro. Construcción
y destrucción era su dicotomía última.
Con la
incorporación de lo popular, el canon de lo valorable culturalmente
en épocas anteriores se tambalea en sus cimientos más firmes, pero
también se amplifica. Aumenta inusitadamente la capacidad de perspectiva.
Las producciones artísticas, como todavía ocurre hoy con las manifestaciones
de la «Gran Tradición», sólo eran percibidas como valiosas y dignas
de conservarse si resultaban datables –emplazables en una época determinada–
y autentificadas (de algún modo) como obra única de un autor reconocible
y reconocido (Bendix, 1997: 15).
Pues he
aquí que, desde el romanticismo, se clama por el valor de las versiones
incontables de un autor o autores anónimos, de un pueblo sin nombre
ni rostro, por unas tradiciones culturales a las que se cree ancestrales
pero que perviven en el presente y han de ser recuperadas con la mayor
urgencia. Se reivindica lo ahistórico, la acronía, algo –a la vez–
reciente y eterno.
¿Cómo
saber que ese algo es «auténtico», si la autenticidad constituye –además–
casi su único valor? ¿Quién podrá autentificarlo como tal, como genuina
expresión de lo popular, de esa ya nunca insignificante corriente
que todavía llamamos «Pequeña Tradición»? (Redfield, 1956). La etimología
de la palabra «auténtico» revela que inicialmente –en griego y latín–
se calificaba con este término a lo hecho «con autoridad» y, de ahí,
a toda cosa «autorizada».
La autenticidad,
en el tema que tratamos, la confiere –en gran medida– el recopilador
en el acto de recopilación. Él decide quién puede ser o no portador
de material «autentificable» y qué material lo es. Y él garantiza
también que el trasvase de lo oral a lo escrito se hace de manera
adecuada.
Los colectores
de cantos populares, por ejemplo, no nos cuentan cómo es lo que existe
o cómo ellos lo ven, sino que en su práctica selectiva de rescatar
lo que juzgan valioso en el conjunto de la cultura deciden lo que
«es», qué existe y qué no. Los recopiladores «autorizan» lo que debe
existir, pues el pueblo anónimo dice, pero no sabe lo que sabe; no
conoce su «auténtico» valor ni puede sospechar el valor de lo «auténtico».
El
colector es –pues– el gran autentificador, el que vela porque la tradición
continúe. Es el guardián de la tradición.
Referencias bibliograficas
-
ALBORG, J.L. 1980. Historia de la literatura
española. Romanticismo. Tomo IV. Madrid: Gredos.
-
BENDIX, R. 1997. In search of Authenticity.
The formation of Folklore Studies. Madison, Wisconsin: The University
of Wisconsin Press.
-
BURKE, P. 1981. Popular Culture in
Early Modern Europe . New York: Harper and Row Publishers.
-
CID, J.A. 1985. «Clarín Vs. Juan Menéndez
Pidal y la polémica del ‘Folklore’», en Melena, J. L. (ed.), Symbolae.
Lvdovico Mitxelena Septvagenario Oblatae, 1425-1435.
-
CID, J.A. 1992. «La tradición moderna
y la edición del Romancero hispánico. Encuestas promovidas por
Ramón Menéndez Pidal en Asturias (1911-1920)». RDTP, XLVII: 127-154.
-
CID, J.A. 1993. «El romancero oral
en Asturias. Materiales de Josefina Sela y E. Martínez Torner:
Inventario, Indices, Antología». RDTP, XLVIII: 175-245.
-
CID, J.A. 1994. «Menéndez Pidal, Ramón»,
en Ortiz García, C. y Sánchez Gómez, L.A. (eds.), Diccionario
Histórico de la Antropología Española. Madrid: CSIC.
-
COSTA, J. 1881. Introducción a un tratado
de política sacado textualemnte de los refraneros, romanceros
y gestas de la Península. Poesía popular española y mitología
y literatura celto-hispanas. Madrid: Imprenta de la Revista de
Legislación.
-
DEPPING, CH. B. 1844. Romancero castellano.(1817).
Prólogo y notas de Antonio Alcalá Galiano. Leipsique.
-
DIAZ G. VIANA, L. 1997. «La invención
del concepto de ‘Cultura Tradicional’ en los estudios sobre poesía
hispánica: las relaciones entre lo oral y lo escrito», en L. Díaz
G. Viana y M. Fernández Montes (eds.), Entre la palabra y el texto:
problemas en la interpretación de fuentes orales y escritas. Madrid,
Oyarzun: CSIC, Sendoa, 13-32.
-
DIAZ G. VIANA, L. 1998. Una voz continuada.
Estudios Históricos y Antropológicos sobre la Literatura Oral.
Madrid: Sendoa, 187-199.
-
DUNDES, A. 1977. «Who Are the Folk?»,
en W. R. Bascom (ed.), Frontiers of Folklore. Boulder, Colorado:
Westview Press.
-
DURAN, A. 1945. Romancero general o
colección de romances castellanos anteriores al siglo XVIII (1828-32).
2 vols. Madrid: Atlas: Biblioteca de Autores Españoles.
-
GRIMM, J. 1831. Silva de romances viejos.(1815).
Viena: Casa de Schmide.
-
HOBSBAWM, E. y T. RANGER. 1989. The
Invention of Tradition. Cambridge: University Press.
-
JUARISTI, J. 1998. «Introducción»,
en Miguel de Unamuno, En torno al casticismo. Madrid: Biblioteca
Nueva.
-
JUARISTI, J. 1987. El linaje de Aitor.
La invención de la tradición vasca. Madrid: Taurus Ediciones.
-
MENENDEZ PIDAL, J. 1986. Poesía popular.
Colección de los viejos romances que se cantan por los asturianos
en la Danza prima, Esfoyazas y Filandones. Recogidos directamente
de la boca del pueblo (1885), Jesús Antonio Cid (ed.). Madrid:
Seminario Menéndez Pidal, Editorial Gredos y GH Editores.
-
MENENDEZ PIDAL, R. 1921. «Poesía popular
y poesía tradicional», en R. Menéndez Pidal, 1953. Tomo I. Madrid:
Espasa-Calpe.
-
MENENDEZ PIDAL, R. 1953. Romancero
Hispánico. Tomo I y II. Madrid: Espasa-Calpe.
-
MENENDEZ PIDAL, R. 1966. Castilla.
La tradición, el idioma. Madrid: Espasa-Calpe.
-
MENENDEZ PIDAL, R. 1968. Estudios literarios.
Madrid: Espasa-Calpe.
MENENDEZ PIDAL, R. 1969. Flor nueva de romances viejos. 17ª ed.
Madrid: Espasa-Calpe.
-
MENENDEZ PIDAL, R. 1974. La epopeya
castellana a través de la literatura española. (1910). Madrid:
Espasa-Calpe.
-
MILA Y FONTANALS, M. 1959. De la poesía
heroico-popular castellana. Estudio precedido de una oración acerca
de la literatura española. (1874). Martín de Riquer y Juan Antonio
Molas (eds.). Barcelona: CSIC.
-
PEERS, A. 1967. Historia del movimiento
romántico español. 2ª ed. Madrid: Gredos.
-
PEREZ VILLANUEVA, J. 1991. Ramón Menéndez
Pidal. Su vida y su tiempo. Madrid: Espasa-Calpe.
-
POMIAN, K. 1996. «Nation et patrimoine»,
en D. Fabre (ed.), L’Europe entre cultures et nations. Paris:
Editions de la Maison des sciences de l’homme, 85-95.
-
PORTOLES, J. 1986. Medio siglo de filología
española (1896-1952). Positivismo e idealismo. Madrid: Cátedra.
-
PRATS, LL. 1998. «El concepto de patrimonio
cultural», en Política y Sociedad, 27: 63-76.
-
REDFIELD, R. 1956. Peasant Society
and Culture. Chicago: The University of Chicago Press.
-
RODRIGUEZ MARIN, F. y J. MENENDEZ PIDAL.
1915. Discursos leídos ante la Real Academia Española en la Recepción
Pública de Don Juan Menéndez Pidal. Madrid: Tipografía de la «Revista
de Archivos, Bibliotecas y Museos».
-
SHWEDER, R.A. 1991. «La rebelión romántica
de la antropología contra el iluminismo o el pensamiento es más
que razón y evidencia», en C. Reynoso (ed.), El surgimiento de
la antropología posmoderna. Barcelona: Gedisa.
-
WOLF, F. & C. HOFMANN. 1945. «Romances
viejos castellanos (Primavera y Flor de romances)» (1856), en
M. Menéndez Pelayo (ed.), Antología de poetas líricos castellanos.
Madrid: Cátedra.
|