Afortunadamente, uno tiene memoria..., y piensa..., y relaciona hechos. Y saca conclusiones.
Recuerdo cuando en la época de Martínez de Hoz, durante el gobierno militar que asaltó el poder y violó (una vez más) la Constitución Nacional, este país comenzó a importar cualquier cosa que se pudiese traer de cualquier parte del mundo. También recuerdo cuantas fábricas comenzaron a cerrar o simplemente a dejar de producir, pues a los empresarios les resultaba más rentable importar que trabajar y producir en el país. Obviamente, si no hay fábricas, no hay trabajo Y si no hay trabajo, la gente se empobrece y comienza a pasar necesidades. Los que pueden, desarrollan estrategias para sobrevivir. Los que no pueden, van quedando marginados.
Después vinieron los radicales, que no supieron revertir ese proceso de decadencia que ya se había iniciado con los militares. La oposición irracional del peronismo (el no porque no) tampoco les dejó mucho lugar y tiempo para hacer algo diferente.
Y entonces llegó Menem. Nos convenció que nuestra moneda (hasta ese entonces prácticamente ignorada en el mundo) valía tanto como la moneda del país más poderoso del planeta. Un peso era igual a un dólar. Lo triste es que se lo creímos. Y siguieron cerrandose fábricas. Y cada vez más gente sin trabajo. Y cada vez más marginados. No obstante, casi ocho millones de argentinos votaron a Menem no una, sino dos veces. Increible.
Inexplicable.
También llegaron los inversores extranjeros. Españoles, chilenos, ingleses, alemanes, franceses, japoneses. Rematamos el patrimonio nacional. Todos contentos, pues podíamos andar por la calle luciendo un teléfono celular.
Y después vino todo lo demás. El país endeudado hasta las narices. Una desocupación nunca vista.
Y así estamos hoy.
La
crisis: otra dramática cifra histórica.
La pobreza afecta ya a casi 21 millones de personas.
Según el Indec, el 57,5% de los habitantes de la Argentina no cubre
sus necesidades básicas.
Se estima en 9,9 millones el número de indigentes.
El Nordeste es la región más castigada.
En apenas un año, 6,9 millones se convirtieron en nuevos pobres en
todo el país.
Unos
20.830.000 habitantes de la Argentina son pobres. De ellos, 9.960.000 viven
bajo la línea de la indigencia, lo que equivale a decir que los ingresos
percibidos en sus hogares no alcanzan siquiera para procurarse la alimentación
básica. La cifra es un récord absoluto y revela que, entre octubre
de 2001 e igual mes de 2002 -cuando se realizan las mediciones oficiales-,
6.960.000 personas traspasaron la barrera y se convirtieron en los nuevos
pobres de un país de 36 millones de habitantes que vive la peor crisis
de su historia, con estallido social, descomposición política,
devaluación, pesificación y quiebre de contratos. En tanto,
a la fila de indigentes se sumaron 5.040.000.
Los datos surgen de estimaciones basadas en los resultados de la Encuesta
Permanente de Hogares que, según informó ayer el Instituto Nacional
de Estadística y Censos (Indec), arrojó una tasa de pobreza
del 57,5% de la población de los 31 principales centros urbanos del
país, donde los pobres suman 13.870.000 y los indigentes, 6.638.000,
con un índice, en este último caso, del 27,5 por ciento. En
las ciudades alcanzadas por el relevamiento del Indec, el 45,7% de los hogares
es pobre y el 19,5%, indigente. La diferencia de estas tasas con las que indican
la cantidad de personas pobres se explica por la cantidad de habitantes de
cada casa.
Respecto de mayo de 2002, cuando la devaluación del peso ya había
comenzado a generar inflación y la pobreza alcanzaba una tasa del 53%,
la cantidad de pobres se elevó en algo más de 1.600.000 personas.
Alza de precios
Para
calcular los índices de pobreza e indigencia, el Indec tomó
en cuenta el valor de dos canastas de productos a septiembre de 2002 y estableció
cuántas familias perciben ingresos que, por ser demasiado bajos, no
les permiten acceder a esos bienes y servicios (ver página 3). A partir
de ese mes, y hasta diciembre, esos valores registraron aumentos de entre
el 0,35 y el 0,81%, lo que podría haber empeorado los índices
aunque, por otro lado, la leve recuperación de los niveles de empleo
puede haber ayudado a aliviar la situación.
La región que registró el récord de proporción
de su población con ingresos insuficientes es el Nordeste (Corrientes,
Misiones, Formosa y Chaco), donde el índice de pobreza llega al 71,5%
y el de indigencia, al 41,9 por ciento. En esta zona, las ciudades registraron
las menores tasas de crecimiento de pobreza de todo el país, lo que
podría entenderse porque la situación ya estaría más
cerca de encontrar su dramático techo en relación con otros
lugares.
Por el contrario, donde el avance del deterioro de las condiciones de vida
se sintió en el último año con mucha más fuerza
fue en la zona patagónica y en la ciudad de Buenos Aires, que tuvieron
históricamente índices de pobreza más atenuados. En el
sur del país (Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz
y Tierra del Fuego), la pobreza afecta al 45,6% de la población y la
indigencia, al 21 por ciento. Río Gallegos fue la ciudad con mayor
crecimiento de los índices. Mientras que un año atrás
uno de cada diez de sus habitantes era pobre, esa proporción se eleva
ahora a más de tres de cada diez.
El distrito porteño vio crecer el índice desde el 9,8% de octubre
de 2001 al 21,2% en la última medición. Junto con Formosa, fueron
las dos únicas ciudades que, al menos, lograron mejorar el índice
de indigencia con respecto a mayo de 2002, algo que básicamente se
logró por la instrumentación del plan Jefas y Jefes de Hogar
Desocupados. En Formosa, la baja fue del 45,4% al 36,8% y en Buenos Aires,
del 6,3 al 5,7 por ciento. Sin embargo, el crecimiento de la indigencia en
el nivel general (fue del 13,6% en octubre de 2001, del 24,8% en mayo de 2002
y del 27,5% en el décimo mes del año pasado) refleja que el
plan social poco puede hacer para paliar la situación. La causa es
simple: una familia tipo necesita $ 716 por mes para no ser pobre o al menos
$ 324 para no caer en la indigencia, mientras que la asignación del
plan es de $ 150 mensuales.
De todas formas, el Indec estimó que, sin el plan, la pobreza habría
llegado al 58,1% y la indigencia, al 30,5 por ciento.
Formosa tuvo también una reducción de la pobreza con respecto
a mayo de 2002, del 78,3% al 68,7%, una tendencia que también siguió
la ciudad de Santa Rosa, donde el índice pasó del 49,8 al 49,5
por ciento.
En el Noroeste (Jujuy, Salta, Catamarca, La Rioja, Santiago del Estero y Tucumán)
es pobre el 69,4% de la gente y el 35,1%, indigente. En Cuyo (Mendoza, San
Juan y San Luis), el 61,3% de los habitantes sufre la pobreza y 29,7% vive
en la indigencia. La región pampeana (provincia de Buenos Aires, Entre
Ríos, Santa Fe y La Pampa) tiene al 56,7% de sus habitantes en situación
de pobreza y al 27,2% en la indigencia.
Los datos de la encuesta se refieren a la población urbana -considera
todas las capitales de provincia y todas las que tienen más de 100.000
habitantes-, pero los resultados de estudios anteriores y privados hacen suponer
que la pobreza rural es aún mayor, por lo cual, al extrapolar los resultados
a todo el país, se suponen tasas similares o mayores. Además,
según el sociólogo Artemio López, de la consultora Equis,
las proyecciones estadísticas indican que el 9,1% de los habitantes
del país está "en zona de riesgo", ya que vive en
hogares con ingresos mayores a los requeridos para no ser pobres, pero por
debajo de los $ 940.
Esa brecha, según explicó, los ubica en una posición
frágil, ya que cualquier cambio en sus ingresos o alza de precios más
o menos considerable los haría estar bajo la línea de pobreza.
Y entonces, la pobreza podría atrapar hasta al 66% de la población.