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Este pequeño y simple poema, escrito por el poeta Jorge Eduardo Córdoba, describe la situación y el estado de ánimo de mucha gente que hoy vive sin poder ganarse dignamente el sustento diario. Y todas esas personas viven esa situación gracias a quienes llevaron a la Argentina al estado más ruinoso de toda su historia. Muchos argentinos creyeron que este país verdaderamente formaba parte del soñado "primer mundo", simplemente porque un ministro de economía decretó que un peso era igual a un dólar, el precio del tomate no aumentaba y podían veranear en lugares del planeta, antes reservados solo para los más adinerados. Por dos veces consecutivas votaron a un presidente que les mostraba espejitos de colores y collares de brillantes cuentas de vidrio, que los hipnotizaban y les nublaban el entendimiento. Y entonces, no les importaba que las estructuras esenciales del país se deteriorasen un poco más cada día. No percibían que los verdaderos países del primer mundo son los que protegen su economía, sus industrias, su producción agropecuaria. Que invierten en educación, investigación y desarrollo. Hacían la vista gorda cuando se dilapidaba el patrimono de la nación, en privatizaciones que servían para repartir pingües negocios a empresarios amigos del poder, de la misma forma que lo hacían cuando en la época de los militares desaparecía gente, mientras también se destruía a la industria nacional. Paradójicamente, hoy, muchos de esos argentinos están en la situación que pinta el poema. Septiembre 13, 2002 |
Una sopaUna sopa que me Y este frío. y arriba, Pero ahí está, ¿Podré yo? Que nos mira todo el barrio, Y estas tripas que no paran Iré mirando hacia abajo; necesito algo caliente; este frío a mí me mata, y yo sigo sin trabajo, ¡Que me importa de la gente! |