LA GUERRA: LOS "DAÑOS COLATERALES" DE LA OPERACION ANTITERRORISTA DE WASHINGTON 

La guerra, desde un hospital de niños en la frontera paquistaní

Del diario Clarin.com - Jueves 25 de octubre de 2001

El establecimiento atiende a decenas de chicos que sufrieron heridas graves o perdieron a sus padres · Muchos enfermos yacen en camas sucias · En el centro asistencial esperan más víctimas · Es la imagen cruenta de los bombardeos estadounidenses en Afganistán que  la televisión no muestra.

Por MARIA LAURA AVIGNOLO Enviada especial EN PESHAWAR.

 

SIN DEFENSAS. Un refugiado afgano transporta a sus dos hijos heridos en la guerra a un hospital paquistaní en la ciudad de Quetta. (Foto: AFP)

Rehmat Bibi pasará a la historia como "daño colateral" americano en  Afganistán, si alguna vez aparece en la CNN. Con sus escasos 3 años de vida y en menos de dos minutos perdió a su padre y a su mamá y su mano voló en pedazos cuando un misil norteamericano estalló a 20 metros de su casa en Jalababad en una noche de infierno.

Con sus ojos negros profundos, unas lágrimas que cruzan su carita oscura y sucia, Rehmat es uno de los cuatro chicos internados en el hospital Hayat Abad de Peshawar junto a otros 26 heridos de los bombardeos sobre Afganistán. Otros dos han muerto por las heridas recibidas. A su lado, en la misma cama de la sala de ortopedia, está su primo Hastana Gul, que tiene el brazo quebrado porque el techo de su dormitorio colectivo se le cayó encima por el impacto de misil en las cercanías de su casa de barro. Desde ahora, Hastana será su papá postizo y trata de calmarle el llanto sin juguetes y con muchos mimos.

Son estas las primeras imágenes cercanas y reales de una guerra  antiterrorista que sólo se registra en la conciencia colectiva como manchas verdes en la pantalla de TV de supuestos comandos de las fuerzas especiales arrojándose en paracaídas para una operación relámpago o en los discursos monótonos amenazantes de Osama bin Laden.

En el hospital Hayat Abad de Peshawar el olor a pis es tan penetrante como su superpoblación. Los enfermos están acostados en camas sucias y sus acompañantes descansan en alfombras arrojadas al piso, donde también juegan otros de sus hijos que han llegado con ellos en la emergencia.

El doctor Abdur Rahim, segundo director administrativo y un ex militar en retiro a cargo de la recepción de heridos en este operativo especial, aún esta esperando que lleguen más víctimas. Es él quien revela por primera vez que las fronteras paquistaníes están cerradas para los ciudadanos desesperados por el hambre y los bombardeos en Afganistán, pero abiertas para los heridos y enfermos afganos.

"Este es un hospital de 600 camas listo para recibir a los heridos de guerra. Pero sólo han llegado 30. No sabemos si es porque los que han quedado en el país tienen tan pocos medios que no pueden llegar a la frontera o si es que las heridas son tan graves que no llegan o es que hay muchos muertos. Hasta hemos preparado un ala adicional de 200 camas por pedido del gobierno pero no ha sido necesario. Todos los heridos están recibiendo gratuitamente el mejor tratamiento por decisión de las autoridades", explicó el doctor Rahmid, que vivió como médico en el ejército paquistaní la invasión rusa a Afganistán y sus secuelas.

Este médico de enormes bigotes y voz gruesa comanda el hospital con militar disciplina. Hay tantos oficiales de seguridad como enfermeras, pero son ellos quienes deciden cuánto se pueden quedar los familiares, cuánto duran las visitas o quién habla con los enfermos.

"No hable con los pacientes. Están profundamente traumatizados. Algunos perdieron el habla por el shock y sólo lloran, especialmente los más chicos. Todos pertenecen a los sectores más pobres de la población y llegaron a la frontera en transporte público, como camionetas y allí fueron recogidos frecuentemente por ambulancias de organizaciones humanitarias", explicó.

Los 30 heridos comenzaron a llegar desde el tercer día del ataque desde la ciudad de Jalalabad y Kabul. El último en ingresar fue hace tres días y en general presentan cuadros de fracturas o quemaduras como resultado de las bombas de fragmentación y los misiles.

"Americanini" le dice su primo al bebé Rehmat cuando ve entrar a esta periodista y a una fotógrafa belga a la sala. Lo sacamos del error y su cara cambia.

Como en una sesión de rayos X, Hastana Gul va levantando la camisa  colorada del bebito para mostrar los rastros del espanto: la mano derecha volada, el pie derecho volado y toda la pierna derecha enyesada en un cuerpo de 80 centímetros.

Marion no puede hablar. Suero y oxígeno penetran por su nariz y la boca y una transfusión de sangre que lleva ya dos frascos gotea por la cánula en su brazo derecho. Ha cumplido 20 años y en la explosión del misil en Keramar, en las cercanías de Jalababad, perdió a 13 de sus familiares en una sola noche.

La cuida su abuelo, que pudorosamente levanta la bata de la espalda de su nieta para mostrar las quemaduras vendadas y dejar a la intemperie un olor acre de carne quemada. Inclina la cabeza, dibuja con la mano un misil en el aire y reza, sin decir una palabra. Ella y él son de origen campesino y llegaron con lo puesto.

Jun Bibi apenas tiene 2 años y llora de dolor. Su pequeño físico se pierde en la cama enorme con el cuerpo cubierto de vendas. Ha perdido el ojo y su estómago está lacerado por las quemaduras.

Los otros heridos están invisibles: traumatizados y lo suficientemente delicados como para no ser perturbados en una brutal guerra mediática donde su imagen aún no ha sido reproducida.

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