Porqué el dúo Socavón…

Nadie puede negar que en nuestro país es muy difícil conseguir que los medios y los responsables del negocio del espectáculo se interesen por la música criolla. Y cuando en este contexto dos personas como mi compañero Raúl Tomás y yo seguimos insistiendo en esto de cantar y difundir la música que aprendimos de chicos: la música criolla, la música argentina de raíz folklórica, cabe preguntarse por que lo hacemos.
¿Es por el dinero y la fama que se puede llegar a ganar, en el supuesto caso de conseguir imponer una canción de éxito? Este es un caso improbable, pues para ello se deben dar una serie de condiciones que, por el momento, no están a nuestro alcance. Hemos superado largamente los años dorados de la juventud y no cantamos baladas melosas con fuerte carga erótica.
Si bien no desdeñaríamos la posibilidad de ganar algún dinero (negarlo sería una hipocresía), de ninguna manera esto es el aspecto central que motoriza nuestra actividad artística.
La respuesta va por otros caminos. Está en los sentimientos que se despiertan en nuestro más profundo interior, cuando escuchamos una de esas zambas criollitas que solía tocar Atahualpa Yupanqui, o una chacarera tocada por los Hermanos Abalos. Está en los colores de un atardecer en la Quebrada de Humahuaca. Está en una poesía de Jaime Dávalos o de Tejada Gómez. Y está en los ojos de cualquier changuito norteño y también en las manos curtidas de un hachero del Chaco Salteño.
Pese a nuestros orígenes provincianos, somos hombres urbanos que, vaya a saber porque misterios de la psiquis y de la naturaleza humana, nos sentimos identificados con las gentes del campo. Esa identificación nos hace especialmente sensibles a su entorno y a sus vivencias cotidianas, a sus alegrías y pesares. Y esto provoca que en nuestra sensibilidad vibre una cuerda que resuena, no con ritmos y melodías de tango o rock, sino en tonadas, zambas, gatos. Porque cuando hemos visto, en medio del monte santiagueño, un rancho con paredes de barro y techo de paja, con toda la pobreza a cuestas, sin luz eléctrica, ni agua corriente ni gas natural, no hemos podido imaginar a sus habitantes cantando una vidala al son de baterías y guitarras eléctricas.
Durante nuestro paso por Los Huanca Hua (y también por Los Nocheros de Anta, en el caso de Raúl), nos dimos el gusto de interpretar nuestra música bajo enfoques armónicos no tradicionales, en concordancia con nuestros espíritus juveniles, siempre deseosos de lo novedoso. Hoy, al cabo de los años, hemos vuelto a lo tradicional, en una especie de retorno a las fuentes, para retomar un camino que entendemos es el que nos conduce al corazón de nuestra identidad cultural.
Esperamos que nuestro modesto quehacer sirva para mostrar que nuestra música criolla continúa viva y con buena salud. Y nuestro mayor deseo es que sea apreciado por los jóvenes, ya que ellos son quienes dirán la última palabra: vida o muerte.

Emilio R. Martínez Junor – agosto, 2004


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