Por DANIEL JURI. de la Redacción de Clarín.
Ya
están vencidos. Y en esta guerra todavía no hubo vencedores. Son los chicos
de Afganistán, que se suman a los de la legión: de Bosnia, de Ruanda, de Liberia.
Lo dice Unicef. Y el dato, como en Bosnia, como en Ruanda o Liberia es, una
vez más, escalofriante: Hay un millón y medio de chicos con menos de cinco
años que no podrán sobrevivir sin ayuda internacional.
Y hay más: un 25 por ciento de los nacidos en Afganistán van a morir
antes de cumplir los cinco años. La mitad de ellos ya están desnutridos.
Hace apenas cuatro años, sobre el fin de la guerra civil, Unicef
encuestó a trescientos chicos de Kabul: el 90 por ciento dijo que
debería haber muerto en esa guerra. El 75 por ciento, que no tenía
expectativas de vida para cuando sean adultos. Un 66 por ciento
tenía miedo. Y la mitad de ellos admitió, además, que ése era el
primer sentimiento de sus vidas. Fue hace sólo cuatro años y todo
empeoró para ellos, en este flamante siglo XXI.
"Yo viví en Afganistán en los años setenta. Siempre fue uno de los
países más pobres del mundo, pero tenían paz, con tradiciones muy
fuertes pero alejadas de la realidad cotidiana. Y lo que hemos visto
en estos últimos años es cómo una vieja cultura de ellos, casi mítica
volvió a ser realidad entre los chicos de este siglo: la protección
del honor familiar, la venganza. Eran cosas del siglo dieciocho.
Todo eso volvió Y hoy, en un país que ha sufrido 20 años de guerra
civil, con dos millones de muertos, casi todo el mundo tiene sentimientos
de venganza. Imagínese lo que pasa, en ese contexto, con los niños".
El que habla es Edward Madinger, representante de Unicef Argentina.
Norteamericano de origen, dejó su país hace mucho tiempo. Empezó
su exilio voluntario —y solidario— en Afganistán. Por esos años,
fue profesor de inglés en la Facultad de Medicina de Kabul y maestro
secundario en la ahora castigada ciudad de Herat. Lo dice casi con
nostalgia: la escolaridad siempre fue uno de los dramas de ese país.
Hoy, es apenas un lujo para pocos, muy pocos. Solo el 30 por ciento
de los varones tiene algún contacto con la escuela primaria y un
10 por ciento en el caso de las mujeres, aunque en algunas regiones,
ya que desde 1996, el régimen talibán clausuró los colegios femeninos.
En ese marco y arrinconada por el bombardeo anglonorteamericano
y por la dureza del régimen de Kabul, Unicef está, por estas horas,
tratando de hacer entrar a territorio afgano varios cargamentos
con ayuda humanitaria. Ya establecieron algunos corredores por Irán,
Turkmenistán y Pakistán. Llevan ropa, medicamentos, carpas, comida,
agua. Y ahora intenta perforar la zona más dura, donde imperan los
pashtun, la etnia sobre la que sienta sus bases el régimen talibán.
"Ya todos saben que es muy peligroso para un occidental trabajar
en Afganistán. Nosotros tenemos 70 afganos que son funcionarios
de Unicef actuando en todo el país y son los que distribuyen la
ayuda humanitaria. El problema es que nuestros empleados están muy
limitados por las autoridades y no tenemos acceso independiente
a lo que está pasando. Cuando ellos nos hablan por radio tienen
a alguien al lado controlando lo que dicen. Eso dificulta todo mucho",
dice Madinger. De todas formas, aclara, "ahora los talibán están
dejándonos entrar en las zonas en las que la seguridad lo permite".
El funcionario muestra el último correo electrónico con noticias
muy fragmentadas del lugar. Parece un parte de guerra. Llegó poco
antes de la entrevista con Clarín, vía Ginebra: "Los médicos de
nuestro equipo están haciendo chequeos rápidos entre los niños.
Han encontrado algunos casos aislados de diarrea...Esta mañana un
convoy de Unicef dejó Quetta... Transporta agua, caños de
plástico y cemento... Esperamos que llegue a Herat este viernes..."
Es una carrera contra reloj: se acerca el invierno y el desierto
amenaza con castigar tanto como las bombas. "Estamos necesitando
35 millones de dólares para proteger a los chicos en los próximos
seis meses, hasta que llegue la primavera. El invierno afgano es
muy feroz", dice Madinger. Hasta ahora, Unicef consiguió sólo
el 20 por ciento de ese dinero. Por eso, tuvieron que organizar
colectas en todo el mundo, también en la Argentina.
Dicen que Osama bin Laden tiene una fortuna de más de 300 millones
de dólares. También, que cada misil norteamericano que cae sobre
Afganistán cuesta un millón. Y que llegan a caer veinte o treinta
por día. Otra guerra de poderosos, como siempre. Y siempre la misma
historia.
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DESOLADOS. Un grupo de chicos y mujeres afganas,
que se refugiaron hace poco en un campo fronterizo
de Pakistán. (Foto: AP)